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Vector X, por Luis Antonio Vidal: No le pidan peras a Liliana

LUIS ANTONIO VIDAL

  • »Kilo de carne a 50 pesos, ¿dónde, dónde?
  • »Ningún meteorito extingue a dinos priístas

Bajo una pertinaz llovizna, sucedió la primera anécdota electoral en este proceso extraordinario.

Esmerada en consumar una ilusoria proeza, la candidata del PRI-Verde a la alcaldía de Centro, Liliana Madrigal, inició campaña en el mercado Pino Suárez, emblemático lugar de las clases populares.

“Me identifico con las amas de casa del municipio, porque yo soy una de ellas”, declaró la priísta al salir de ese centro de abasto, donde saludó a locatarios de frutas, verduras y tablajeros.

Un quisquilloso reportero le soltó una pregunta con veneno: “¿Cuánto cuesta el kilo de carne?

Siendo su slogan de campaña “Liliana, alguien como tú”, la respuesta se antojó certera.

Y de sus ingenuos labios salió lo inesperado: “Depende de qué carne… la carne molina vale hasta 50 pesos”.

La respuesta ha generado sarcasmos en las implacables redes sociales. Eso era hace años, licenciada, añooos.

No se trata de hacer escarnio de la candidata por resbalarse en algo tan sencillo como el precio de la carne, la cebolla, el tomate o las nucas del pollo, porque evidentemente no atiende deberes propios del hogar por su alta investidura de diputada federal hoy con licencia.

Es jefa de familia, no ama de casa, condiciones totalmente diferentes. Eso no es un pecado.

Nada debe obligar a la joven política a responder todo cuanto se le antoje a los reporteros, aunque para evadirlos se necesita una par de verónicas bien manejadas con verbo, ironía, una poca de gracia, arriba y arriba.

 

Dinos inextinguibles

Pero Liliana no va a perder la elección porque ignore el valor de la pulpa en trozo, la costilla o el sirlon.

Va a perder porque su partido le ha enviado al matadero a donde por lealtad entró. Se disciplinó ante su líder nacional cuyo pecado ha sido sucumbir a los intereses locales para el mordaz despellejo de otros aspirantes.

Podrá la clase priísta de Tabasco, con la ciega obediencia a Manlio Fabio Beltrones, tomarse una foto en hipócrita unidad, pero complicado –imposible quizá- es inflar a su candidata, como decreto partidista, porque se repite lo del Pino Suárez: se automatiza el discurso preparado y se titubea cuando se desordena el cliché.

Aquellos dinos priístas, cuyo ADN resiste devastadores meteoritos democráticos, presumen a su candidata como trofeo de caza en franca burla para Evaristo Hernández y Rosalinda López, figuras con mayor peso electoral que la diputada priísta.

Pero en el terreno de la siembra electoral, las condiciones le hacen tropezarse en el día a día, pregunta a pregunta.

En el 2015, Madrigal se embolsó la diputación federal por el cuarto distrito con cinco puntos de ventaja sobre el segundo lugar.

Ganó por dos razones: una, porque el PRD se dividió con el partido de López Obrador; y dos, su más cercano competidor, Chelalo Beltrán, de Morena, poca campaña hizo a ras de suelo, sin contar sus más de 20 años de desarraigo en el estado.

En alguna ocasión, el gobernador Arturo Núñez bromeaba en una sobremesa: Chelalo está tan desarraigado que cuando va de Emiliano Zapata a Villahermosa aún pregunta cuánto tiempo se hace de Montecristo a San Juan Bautista (risas).

Nada demerita el arrojo de Liliana, de entrar en un distrito perdido y aprovechar la diosa fortuna de la división partidista. No se le escatima su valor, los astros se alinearon y ganó. Eso no ocurre ahora.

El disparate de ayer retrata a la joven priísta, honesta y bien intencionada, sí, pero dulce presa de la ingenuidad, no entrenada para una contienda de este calibre, menos aún para gobernar el municipio más importante de Tabasco.

No se le pueden pedir peras al olmo… tampoco a Liliana.

O mejor dicho, no tiene la culpa Liliana, sino quien la hizo candidata.

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